La Tierra, como casi todo lo que está vivo, o como aquel ángel de Rilke, puede llegar a ser terrible. Los dos terremotos que asolaron Venezuela vuelven a situarnos ante un tipo de catástrofe en la que el dolor por las pérdidas humanas se multiplica por esa injusticia agravada que arrastra consigo lo incomprensible. Uno de los pocos recursos que tenemos ante el dolor es siempre buscar culpables, pero cuando es la naturaleza la que golpea, convulsionando como la espalda de un monstruo que se despereza, ni siquiera tenemos el consuelo de poder responsabilizar a nadie.
El golpe de la Tierra
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